Buscar este blog

miércoles, 19 de julio de 2017

POLLO SEFARDI CON BERENJENAS

Una cualquiera de estas mañanas, una se levanta y se dirige, inocentemente, a la nevera, a prepararse el desayuno. Y abre la puerta y se encuentra de frente con cinco pedazo de sardinas de infantería, que no medirán mucho menos de los veinte centímetros. De cuerpo presente, destapadas y mirándote de un modo fijo y amenazador. Cierro la puerta de golpe: no está una ya para pegarse esos sustos recién levantada, y me acuerdo, en términos políticamente muy incorrectos, de mi hijo pequeño y su nuevo brote de entusiasmo por la pesca marítima con caña. Ahora que está de vacaciones se marcha casi a diario con todos sus aparejos, que a su vuelta me deja caer alegremente sobre el suelo de la entrada, inundando mi hasta entonces arregladito recibidor de  charcos de agua y persistente olor a pescadazo. Aprieto los dientes:
-Hijo. ¿Quieres- hacerme- el-favor- de- enjuagar- TODA ESA PORQUERÍA INFECTA- y bajarla al sótano?
-Mamá, ¿Qué "porquería"? No entiendo qué tienes contra el olor. Huele a mar.
-Sí, cariño. Huele a mar. "Mucho". Y yo es que soy más de Ambipur. Anda y te lo llevas. YA.
Se marcha rezongando, ignorando el rastro de arena y partículas malolientes de origen desconocido que va dejando a su paso. Hace una semana ya había comprado otra tanda de sardinas para los cebos, y las dejó en la nevera, naturalmente sin tapar, en la creencia de que el frío las conservaría para toda la eternidad. Y, parafraseando aquel (precioso) eslógan publicitario de la (espantosa) Medalla del Amor del día de la Madre, olían... más que ayer y menos que mañana. Pasó un día, y pasó otro día, y ésta que está aquí terminó por meter las benditas sardinas en un táper viejecillo, a fin de que no me chorreasen en el resto de las cosas de la nevera. Total, que el tráfico normal de visitantes a dicho electrodoméstico hizo que pusieran cincuenta cosas encima del táper, con lo cual yo me olvidé de él. Hasta que otro día más, al abrir, me asaltó la evidencia de la natural evolución del proceso biológico post mortem:
-¡¡¡NIÑOOOOOO!!!! ¡¡¡ TE LLEVAS ESA GUARRERÍA "YA" O VAN AHORA MISMO A LA BASURA!!!
-Que yaaaaa me las llevo, maaaama. Tranquila.
Total, que -contra toda evidencia, y dando muestras de notable insensatez- me quedé tranquila. Su intervención se redujo, en este caso, a poner en sal los maltrechos animalitos. Al día siguiente, abrí la nevera, y el táper se cayó y se abrió, provocando un esparrame digno del Apocalipsis, sobre todo esa parte que habla de la resurrección de la carne, y que pude ver representada en todo su esplendor. Un espectáculo definitivamente asqueroso para todos los sentidos humanos. Así que sufrí uno de mis esporádicos y vistosos accesos de ira multimedia, que, eso sí, resultó ser muy efectivo: todo desapareció al instante. Pero no compensa tener que desperdiciar tanta energía sólo para mantener el orden natural de las cosas. Os lo aseguro.
En otra ocasión posterior fue peor todavía. Bajé a la cocina, sorprendiendo al pescador, batidora en ristre, con las manos en la (repugnante) masa, formada por lo que al parecer era pan remojado, harina y pescado crudo, elaborada con el fin de obtener unas bolas apestosas que por lo visto hacen un cebo estupendo. Si los ingredientes están ligeramente revenidos, incluso tengo entendido que da mejor resultado.  De manera rutinaria, e ilusoria, digo aquello de "quita todo lo que ensucies antes de irte", recibiendo a cambio el reglamentario (y falso) "sí, mamá". Para cuando vuelvo a la cocina:
1) El autor de los hechos se ha sustraído a la acción de la justicia, encontrándose en paradero desconocido
2) Todo el menaje de cocina APESTA a pescado.
3) El "Sí, Mamá", se ha traducido en la práctica en restos biológicos diversos esparcidos por toda superficie horizontal, formando una costra geológica de color blancuzco que tengo que raspar de la encimera con espátula.
 Sí, lo sé. Lo sé. La culpa es enteramente mía, como madre blandiblup que soy desde siempre; pero una tiene otras cosas que hacer, y tampoco puedo estar vigilando todo el tiempo como un perro de presa. El resultado es que a día de hoy no puedo tocar una sardina cruda....
Hoy me paso al pollo, que suele venir en bandejas y ya arregladito, y se maneja con resultados controlados. Así que pongo en práctica una receta que me habían dado hace tiempo, y que queda sabrosa y resultona:
Ingredientes:
-1 kg. de pechuga de pollo limpia y cortada en trozos.
-Dos o tres berenjenas medianas.
-Una cebolla
-Dos o tres dientes de ajo.
-Un puñado de pasas.
-50 gramos de piñones y 50 gramos de anacardos y/o pistachos pelados. Son opcionales, pero van muy bien.
-Sal y pimienta.
-Una pizca de sumaq (opcional) Es una especia turca muy suave y aromática. En Málaga, que yo sepa, la hay en la tienda de especias del Pasillo de Santa Isabel. El Reloj de toda la vida. Le da un punto muy bueno, pero vamos, que tampoco pasa nada si no se la ponemos...
-Aceite
-Vino dulce, un vaso
-Arroz largo de guarnición. Yo he mezclado arroz basmati blanco y arroz negro. En el Mercadona venden unos paquetes de arroz de guarnición con varios tipos mezclados que va muy bien.
-Ajos adicionales para saltear el arroz.
Lo primero que hacemos es picar en trozos las berenjenas y ponerlas en agua para que suelten el amargo, un par de horas al menos. Yo no las he pelado. Mientras, vamos salteando los trozos de pollo en un fondo de aceite, y los sacamos y reservamos. En el mismo aceite se saltean la cebolla y los ajos picados, luego se añaden los piñones y los otros frutos secos que utilicemos y se le da a todo unas vueltas. Añadimos el pollo y las berenjenas, las pasas, el vino, la sal, la pimienta y el sumaq, si lo utilizamos. Añadimos agua hasta cubrir. Lo dejamos todo cocer a fuego moderado, se trata de que todo se integre y las berenjenas formen una salsa cremosa al deshacerse. De tiempo, yo lo tuve una hora y media, a fuego muy bajo. Dejamos hasta que vemos que la salsa está trabada y todo rastro de aguachirris ha desaparecido.
Aparte, salteamos en una sartén con un poco de aceite los ajos picados adicionales. Apartamos. Cocemos como un vaso o vaso y medio de arroz para cuatro personas, según diga el paquete, escurrimos y ponemos en la sartén a saltear junto con los ajos. Reservamos.
Servimos el pollo con la guarnición. Hasta ahora nunca me ha sobrado...



Con esta receta me despido hasta septiembre, esperando reponer mientras tanto mis destrozados nervios y descansar física y mentalmente, deseando para vosotros también buenas siestas,  regulares sesiones de tintitos de verano y largas jornadas de vagancia para los que pilléis vacaciones.
Feliz semana y hasta la vuelta.....

miércoles, 5 de julio de 2017

BIZCOCHO DE FRUTAS DE ISASAWEIS

Los meses de junio y julio los recuerdos me vienen como racimos, unos enganchando a los otros. Hace un par de semanas os contaba que me acordaba de cuando estaba terminando la carrera y doña Pepa pretendía, con notable falta de éxito, que me tomara los dichos con aquel compañero que me traía los apuntes. Lo que doña Pepa ignoraba , aunque no lo ignoró durante mucho más  tiempo, dadas sus extremadamente sensibles antenas, es que yo con quien estaba en conversaciones era con otro compañero de la Facultad muy salado, al que le gustaba leer tanto o mas que a mí y que se reía muchísimo de todo lo que yo decía. Dicho sea de paso, aquel compañero sigue siendo muy salado, le siguen gustando los libros tanto o más que a mí y hasta se sigue riendo, de vez en cuando, cuando me ve. De qué se ríe actualmente, pues mejor no lo pregunto. Yo quiero pensar que es porque le sigo haciendo algo de gracia, pero soy prudente, y si algo he aprendido en un matrimonio de largo recorrido, es que el secreto de la convivencia incluye no hacer preguntas superfluas. Sobre todo, si no estás seguro al cien por cien de la respuesta.
El hecho es que doña Pepa empezó a barruntar que algo había, después de verme colgar el teléfono con cara de idiota superior a lo habitual dos o tres veces. Ella me preguntaba, pero yo le daba de capotazos, con lo cual la tenía absolutamente intrigada. Un día yo había quedado en el centro con el compañero gracioso y otro amigo común, y a mami no le se ocurrió otra cosa que irse detrás de mí, para despejar la incógnita. Yo sabía que me estaba siguiendo desde el minuto uno; eran muchos años de oír su inconfundible y sonoro taconeo. La conocía metida en un saco. Entonces yo miraba hacia atrás y la veía de pronto contemplando muy interesada la puerta de una casa, o un escaparate. El Señor derramó muchas gracias sobre mamá, pero entre ellas nunca se encontró el don del disimulo. Total, que llego a la plaza de la Constitución, lugar de la cita, y allí estaban esperándome el muchacho de las conversaciones, tan buena persona y tan mono, y el otro amigo. Tan buena persona, también. A los dos minutos, aparece doña Pepa, haciéndose la encontradiza de un modo lamentable:
-Hola, nena. Huuuuuuy, qué "casualidad"(Mirando a ambos) ¡Ay! ¿No me dirás que tu NOVIO es "éste"? (por el que era buena persona) Ay nooooo, debe ser "éste" (por el que era buena persona y además, mono) ¡Ay, qué alegría, hija! ¡Un muchacho NORMAL!. Hola. Yo soy Pepa. Encantada.
En una sola jugada, llamó feo a nuestro amigo y pronunció aquella terrible palabra que empieza por "N", y que antes se empleaba con extrema prudencia, cuando una llevaba ya un tiempo de relaciones, para calificar a su pareja. Dice muchísimo en favor de mi entonces "N" que no pusiera pies en polvorosa; se presentó a su vez, la mar de bien educado, y la conquistó para siempre. En cuanto a nuestro amigo,  la Buena Persona, hizo diplomáticamente como que no escuchaba las ofensivas insinuaciones de la madre de la Rocío sobre su falta de encantos personales, lo cual dice también mucho en su favor, pobretico.
Poco después de esto, mi "N" empezó a subir a casa. Entonces eso era algo muy serio; no como hoy, que el novio o novia viene, se tira en tu sillón con los pies por lo alto, y te dice: "¿Qué pasa, suegriii?" Yo le subía al salón, que era el lugar de recibir; la habitación más fría e inhóspìta de la casa, supongo que concebida con el sano propósito de que las visitas se fueran pronto. Mi novio entraba y saludaba. Mi madre le devolvía el saludo. Mi padre emitía un gruñido que no le comprometía a nada. Con el paso del tiempo, empezó incluso a dirigirle la palabra de un modo inteligible; y para cuando dejó de ser EL NIÑO ESE y le llamó por su nombre, ya fue cuando vinieron mis suegros a pedirme.  Uy, sí; me pidieron y todo, y yo lo recomiendo mucho, es divertidísimo y además te sientes muy importante. Esa tarde, mi madre, que se había tirando los dos días anteriores preparando monerías para la merienda, había ido a la peluquería y estaba arreglada y entaconada hasta las cejas, y cuando ellos subieron, les recibió con un:
-¡Uy! ¿Los padres de Pedro, verdad? ¡Uy, qué SORPRESA tan agradable! ¡Encantaaaaada! Pero pasad, pasad. Creo que tengo alguna COSITA por ahí para que toméis.¡Joaquín, no te puedes "figurar" quién ha venido!
Mi suegra decía:
-Encantada también. Pues nada, pues aquí estamos, que digo yo que si se van a casar los niños, no nos vamos a conocer en la iglesia...
-Di que no, mujer, que eso está muy feo. Pero coged un salchichoncito.....
Así fue como poco después ingresé como socia de número en mi larga y ancha familia política. Me pasó como cuando leí "Cien años de soledad": me llevó su tiempo aprenderme los nombres y características de todos. Y nada, aquí seguimos, y nos da para ser felices y comer perdices de vez en cuando, y todo.....
He sacado esta receta del libro "Cocina sana para disfrutar", de la señora Isasaweis; pero ella lo llama "bizcocho multifrutas" y a mí la palabra "multifrutas" me da mucho coraje. Una de mis manías. Además, está corregida y a mí me ha salido muy bien con las correcciones. Esta buena mujer dice que tú vas ahí echando harina hasta que tenga una textura adecuada, lo cual es un concepto bastante impreciso. Los bizcochos no se hacen a ojo, querida. Tienen que guardar unas proporciones determinadas. Pero está muy rico y dura bastante, y, en general, sus recetas son muy buenas. A cada uno lo suyo.
Ingredientes:
- 225 gramos de harina integral.
-Un sobre de levadura.
-Tres huevos
-Dos o tres trozos de jengibre confitado picado muy fino (opcional)
-3 huevos.
-150 gramos de azúcar moreno o de coco.
-Un yogur.
-100 ml. de aceite de oliva.
-Dos zanahorias.
-Una manzana
-200 gramos de pasas o arándanos deshidratados.
-200 gramos de orejones de albaricoque picados finos.
-50 gramos de avellanas tostadas y troceadas.
-1/2 cc de canela
-Ralladura de una naranja.
Precalentar el horno a 180º. Engrasar y enharinar un molde de unos 20 cm. de diámetro. Poner las pasas/arándanos en un vaso con agua y meter a potencia máxima 2 minutos en el microondas, para rehidratar. Escurrir y reservar. Rallar las zanahorias y la manzana y reservar igualmente.
Batir los huevos con el azúcar tres minutos. Añadir el yogur, el aceite, la canela y la ralladura de naranja y batir de nuevo. Ir añadiendo la harina y la levadura, batiendo hasta integrar. Añadir las frutas ralladas, los orejones, las pasas o arándanos, el jengibre, la levadura y las avellanas y remover. Poner la mezcla en el molde y llevar al horno de 30 a 45 minutos, pinchando para ver cuándo sale limpio. Dejar templar y desmoldar. Conviene tenerlo en la nevera, porque es húmedo y podría fermentar.
Y darnos unos buenos desayunos en este último sprint del año judicial. Porque a estas alturas de la temporada está una ya que no se tiene.
Feliz semana, amigos. Y comed todas las perdices que la vida os ponga en el camino...

miércoles, 21 de junio de 2017

PATE DE ATUN Y TOMATES SECOS

La semana pasada, por primera vez en mucho tiempo, falté a mi cita cucharera. Mal, muy mal. Sobre todo teniendo en cuenta que soy una persona cuyo nivel de compromiso con lo que emprende roza lo obsesivo. Sin embargo, al sentarme a escribir tenía la sensación de que a quién narices le importan mis batallitas pasadas y presentes. Si no me estoy poniendo muy cansina. Si no es mejor darlo ya por terminado. Sin embargo, tras reflexionar un poco, me doy cuenta de que añoro escribir, y de que si no me obligo de algún modo, dejaré de hacerlo. Sigo, pues,  publicando, de momento, aunque puede que espacie un poco los contenidos. Me resulta catártico y me ayuda a ponerlo todo en perspectiva. Así que aquí estoy de nuevo, como la moneda falsa que soy.  Con el permiso de ustedes.
Mi hijo se ha marchado a pasar la semana a una casa rural, donde al parecer alguien ha tenido la insensatez de albergarle a él y a otras diecisiete criaturas en edad de merecer. No sólo eso: en la finca hay gallinas y les han autorizado a coger los huevos, hay que tener valor. Me niego a asumir mi cuota parte en el estrés postraumático que puedan sufrir los pobres animales. Todos los asistentes son chicos, todos acabaditos de terminar el curso y todos exhalando una enloquecida estela de hormonas que casi resulta visible al ojo humano. Dios nos asista: el mío aún no ha cumplido los dieciocho, y según el Código Civil (art. 1903), aún está bajo mi guarda (¡ja! cuando le veo, supongo) y estoy obligada a responder por los daños que cause a terceros de buena fe. En fin, tengamos confianza en la providencia divina y encendámoles un par de velas al santo del día. En cualquier caso, me enteraré de cualquier percance: se ha creado un grupo de whattsapp de padres de Niños Asistentes a la Casa Rural, (casi todos ya mayores de edad, a todo esto) en el que gentilmente he sido incluida. Hay que agradecer la labor de esos padres que han hecho la compra, han recogido los fondos y se han encargado de todo, aunque yo creo, rancia que es una, si no son ya más que mayorcitos para habérselas arreglado ellos solos. Pero eso no lo pongo en el grupo: no voy a ser yo la que les estropee la diversión. Los chicos no tienen la menor posibilidad de actuar a nuestras espaldas. Todo ha sido controlado, organizado y solucionado al detalle, sin que las tiernas criaturas hayan tenido que mover ni un dedo. Como padres helicóptero, unos profesionales. Ya te digo.
Veo pasar por mi calle a los niños que arrastran sus mochilas los últimos días de colegio, y una es tan rematadamente idiota que AÑORA los tiempos en que se las veía y se las deseaba y tenía que hacer mangas y capirotes para colocarlos la última semana de junio y el mes de julio enterito.  Cuando eran muy pequeños, hubo años que incluso su padre y yo nos turnamos para las vacaciones, lo cual resultaba absolutamente desquiciante. Cuando uno venía inocentemente de trabajar, el otro se le echaba encima como una pantera para contarle LA MAÑANA QUE LE HABIAN DADO LOS %%%%%%&&&&&&&$$$$$ NIÑOS. Y, en los años siguientes, a enganchar un campamento con otro y una acampada aquí y unas jornadas de deporte allá. y llegar con la lengua fuera a recogerlos, encontrando a uno de ellos (al que le gustan las actividades de grupo), absolutamente espitoso y pasado de vueltas, y al otro (el que ODIA las actividades de grupo, en lo que ha salido a mí), arrastrando los pies y rezongando todo el camino de vuelta a casa.
-¡¡¡Mamá!!! ¡¡¡Y hemos hecho un xxxxx!!! ¡¡¡Y hemos jugado al  zzzzz!!! ¡¡¡Y!!!....
-.................. zzzzzzzzrollopatateroxxxxxxxx...........ymañanaotravezyfffffggg..........
Y los días que había huecos, a apañármelas con el trabajo como podía, a visitar museos, aulas del mar, o a soltarlos en la playa con un bocata y una muda. Una verdadera locura, y así y todo, lo añoras. Porque los problemas que planteaban los niños eran fundamentalmente incomodidades de orden práctico que se solucionaban, mejor o peor, día a día. Sin embargo, cuando son mayores, todo son inquietudes de largo recorrido. Cuando les va mal, porque le va mal. Y cuando les va bien, porque se te van a ir ya mismo y no puedes soportar la idea. Y espiar a uno y otro a ver si está triste, si está contento o si está con el rabo torcido (lo cual ocurre con notable frecuencia), y llevarte bufidos a diestro y siniestro, por petarda y por cansina. Ahora, y no antes, comprendo como nunca a  mi madre, cuando te miraba a ver cómo respirabas, y te llamaba si no te veía y te daba la tabarra de mil y una maneras, porque era su manera de demostrar cariño y preocupación por ti. Y para ti era, simplemente, un soberano incordio, porque a la madura edad de diecisiete años lo sabes todo y tu madre, que por supuesto no era persona, ni hizo nada de provecho hasta acometer la gloriosa tarea de ponerte a ti en el mundo, no se entera de nada. Lo que uno no sospecha jamás es que eso no dura para siempre, que llega el día en que los padres faltan y a nadie le vuelve a importar tu bienestar de ese modo. Así que, aquellos de vosotros que los conservéis aún, haced un esfuerzo por salir de la condición de capullo que conlleva la de hijo, (sin ánimo de ofender, que buena gente ya sé que sois) y disfrutadlos todo lo que podáis. Por mucha lata que os den y por mucho que os cuenten las mismas cosas trescientas veces. 
Tenía que decirlo. Qué a gusto me he quedado.
Y ahora la receta, que es tan simplona que casi ni merece tal nombre.  La encontré en una revista, pero compro tantas de cocina que no recuerdo en cuál. Es una marranada untable muy rica, muy sana y muy propia para poner de aperitivo.
Ingredientes:
-20 tomates secos.
-80 gramos de almendras tostadas.
-Una lata pequeña de atún.
-Un diente de ajo.
-Un pellizco de orégano.
-Aceite y sal.
Primero se rehidratan los tomates secos. La solución lenta es tenerlos en agua toda la noche. La solución rápida es meterlos en un vaso con agua y meterlos al microondas, potencia máxima, tres minutos. Funcionan igual de bien.
Se ponen en el vaso de la batidora todos los ingredientes y se empieza a batir, añadiendo el aceite a hilo hasta obtener una crema espesita. Se sala al gusto y luego se coge una barra de buen pan y se empieza a untar como un poseso. Se conserva bien en la nevera, cubierto de aceite.


Y a llevar bien el fin de curso. Lamentablemente, sigo sin encontrar un campamento para madres. Tendría que fundarlo yo misma... ¿Quién se anima?
Feliz semana a todos.


miércoles, 7 de junio de 2017

ROSCOS DE MIEL

Después de tantos años de terminada la carrera, cuando ya me aprobaron Procesal y Trabajo por puro aburrimiento, todavía, en esta época del año, sueño con que estoy a final de curso y tengo que examinarme, y todo el mundo se ha enterado de las fechas y yo no. Y no sólo eso, sino que, ya que me he enterado de la fecha y estoy sentada con las hojas para comenzar a escribir, recuerdo de golpe que no he ido a una sola clase y que no tengo ni puñetera idea del temario, el cual tampoco me he molestado en conseguir. Y me despierto muerta de terror, con el corazón encogido. Hay que ver el mal rato tan tonto. Y sigo recordando que, contrariamente a lo que he soñado, yo estaba por estas fechas, hace ya la tira de años, inmersa en el frenesí del consabido tráfico de apuntes de última hora, y pegándome los correspondientes atracones de a menos cuartillo de todo mal estudiante que de tal se precie. Me acordaba entonces (amargamente) del sabio dicho de mi profesor de Ciencias Naturales de 1º de BUP, don Clemente, "marzo ventoso y abril lluvioso, sacan a mayo florido y calabazoso". (Para los jóvenes, las calabazas eran los cates. De nada.) Traducido al cristiano, que mucho jijíjí y jajajá durante el curso, y al final el apretón.  Muchas veces, nos íbamos tres o cuatro a la casa del Rincón de mi amiga y vecina Inma, y cada una se metía en un cuarto a empollar lo suyo. Bueno, parte del tiempo, al menos. Y como alguna estudiaba recitando, pues se te ponía la cabeza como un bombo y ya no sabías si estabas estudiando lo tuyo o lo suyo. De alguna asignatura de Psicología me hubiera podido examinar con éxito. A ellas les pasaba igual cuando yo estudiaba Canónico, en segundo de carrera. Canónico daba mucho juego; era muy de guarricotilleo y de culebrón. Esos casos prácticos:
"Roberto y Luisa se enamoran y se casan. La noche de bodas, Roberto confiesa a Luisa que su verdadero nombre es Margarita, que se fugó del convento de clausura hace dos años en la camioneta del lechero  y que hace seis meses se convirtió al budismo, abandonando a un bebé de un año fruto de sus relaciones secretas con su maestro espiritual, en la comuna en que residían. Describir errores en el consentimiento. Concretar los impedimentos y especificar si son impedientes o dirimientes" (No me invento nada. O casi nada)
Esto daba pie a esos debates intrascendentes entre amigas que son la sal de la vida:
-Pues no pasa nada, porque no han consumado el matrimonio.
-Eso no lo dice.
-Pero si no podían, Mari.
-Digo, ¿y tú que sabes? En el capítulo 266 de Adelfa María pasaba una cosa igual.
-No, pero ahí era que descubre que ella no era ella, sino su hermana trilliza. Eso es error en la persona.
-Lo que no entiendo es que si Roberto era budista, cómo le dejaron hacer los cursillos.
-Da igual que sea budista, porque si bautizan y educan a los niños en la fe cristiana, tienen el privilegio paulino.
-Pero qué niños, si no pueden.
-Pues el de ella, mariflor.
-¿El de cuál ella? Que no me entero.
Y así nos podíamos tirar horas y horas. De hecho, nos podíamos tirar horas y horas hablando de cualquier cosa. Total, que de dormir, poco, y de estudiar.... pues, lo justico. A ellas les cundía más, de todos modos. Las muy cochinas. Luego, ya en casa, sí estudiabas, porque no te quedaba otra y porque no tenías tantas distracciones. Un día me levanté a desayunar y me encontré con que doña Pepa había puesto un cocido en la olla exprés. Me dio un asco horroroso, porque mi dieta habitual preexámenes, como la de tanta gente en trance similar, consistía básicamente en océanos de café y hectáreas de tabaco, amén de cuatro comistrajos de elaboración propia, con lo cual tenía el estómago hecho una porquería. En la cocina, además de la olla del puchero, estaba mami pelando patatas. Y tuvo lugar entre nosotras el siguiente diálogo:
Yo: Hola, mamá...............aghhhhhssspffffff, voy al baño un momento.
Mami abrió unos ojos como platos. Código rojo. Alerta 4. Y salió pitando detrás de mí, golpeándome en la puerta del baño:
 Mamá: Nena, ¿estás bien?
Yo : Que si...... que me ha dado mucho asco el olor del puchero...pero ya estoy bien, de verdad. ¡¡¡BUARGGHHH!!!
Mamá: ¡¡¡Nena!!! ¿Qué has HECHO? ¡Dímelo!
Yo: Mamá, pues qué quieres que haga. Vomitar un poco. Si no te importa.
Mamá: ¿¿¿Y porqué tienes ganas de vomitar???  ¡¡¡Habla!!! ¿Qué tienes que contarme, hija mía?
Yo: ¿Contarte qué de qué? Que tengo el final de Civil dentro de tres días, mamá.... espérate.... ¿no estarás pensando que.........?  ¿¿¿¿cómooooooo????
Mamá: (Muy chula) Comiendo. Como la hija mediana de la Paquita, que la ingresaron por apendicitis y salió con su apéndice entero y un niño de tres kilos y medio en un moisés. ¡Vamos! Eso siempre pasa de la misma manera, hija, está todo inventado.
Yo: Me hago una idea. No.
Mamá: ¿¿¿Seguro???
Yo: Y tan seguro, mamá. Lo que estoy es estragada de fumar, de café y de derecho de sucesiones. No sé cuál de las tres sobredosis es más asquerosa. Tengo el estómago de punta.
-Mamá:  (Tranquilizada, pero aún algo recelosa) ¿Y ese muchacho tan mono que ha venido últimamente a traerte apuntes?
Yo: Pues un compañero que ha venido a eso. A traerme apuntes. Apuntes, mamá.
Mamá: Pues a mí me gusta ese niño para ti.
Yo: A su novia también le gusta para ella. Y además, es amiga mía.
Mamá: Vaya por Dios. 
Esto parece mentira, pero la anécdota es absolutamente real. La imaginación de doña Pepa, unida a un sin duda excesivo consumo de telenovelas, le jugaba muy malas pasadas.
A pesar de todo lo que os cuento, la mayoría de las veces aprobaba. No me preguntéis cómo. Y me dieron mi título y todo; por ahí anda, hecho un canuto . Hace unos años, fui a un curso de procedimiento administrativo que organizaban conjuntamente el Colegio de Abogados y la Universidad, y allí estaba, haciendo la presentación, nuestra Némesis. El catedrático de la asignatura hueso que fue la pesadilla de nuestra juventud. El cual, paseando la mirada por la sala, comenzó diciendo:
-Bueno.....me han dicho que esto es sólo para licenciados. Y veo muchas caras conocidas. De manera que debo rendirme a la evidencia de que "aprobaron", a pesar de todo....
Un amor, el hombre.
Esta criatura de Dios se caracterizaba por ser el que más cates daba de todos los departamentos de la facultad. Yo no digo que aprueben a quien no lo merece; pero él era de esos que disfrutan suspendiendo a la gente. Se le iluminaban los ojos cuando leía la lista de las notas con los caídos en combate. Hasta parecía crecer en estatura. Un caso claramente vocacional....
He hecho esta receta de los roscos de miel que me ha dado Elena, y que yo he tuneado ligeramente para adaptarla a mi gusto. Salen muy buenos, no son demasiado dulces, aunque pueda parecerlo, y tienen un nivel de vacaburrez dietética aceptable. Necesitamos:
-Un vaso de miel
-Un vaso de azúcar (yo puse morena)
-Un vaso de aceite.
-Tres huevos.
-Ralladura de limón
-Una cucharada de canela.
-Un sobre de levadura.
-La harina que admita, mas o menos 750 gramos a un kilo. Debe quedar una masa manejable.
Se baten los huevos y se mezcla todo, amasando. Dejamos reposar una media hora. Precalentamos el horno a 180º. Vamos tomando porciones de la masa, formando bolas y haciendo los roscos con cada una. Los ponemos en la bandeja del horno, revestida con papel para hornear, teniendo en cuenta que no crecen. Se dejan cocer unos 15 minutos. se sacan y se dejan enfriar en rejilla.

Y me quito el susto de la pesadilla, que una ya no está para sobresaltos. De verdad....
Feliz semana a todos.

miércoles, 31 de mayo de 2017

BACALAO CON TOMATE GRATINADO

Hoy toca día de zafarrancho de limpieza en la planta superior, y como de costumbre, paso de largo ante las puertas cerradas de mis hijos.  ¿Recordáis la película El resplandor? Sea lo que sea Redrum, está ahí dentro.... Necesitaría, como mínimo, vacunarme contra varias enfermedades y miasmas diversas para poder entrar sin peligro sanitario. Eso sí, en el cuarto del animalista los agapornis han encontrado un fabuloso hábitat natural. Le pían cuando quieren comer y se le suben a la cabeza, donde también hacen otras cositas menos idílicas. Es que se te saltan las lágrimas. Bueno, pues sea como sea, no entraré. De vez en cuando veo a uno u otro con su bolsa de basura, su escoba y su mocho, limpiando la mar de diligente, como la Ratita Presumida. Entonces sé que se avecina la visita de la respectiva novia. Porque por los colegas no se dan ese trabajo: le dan un par de patadas a los montones de lo-que-sea y lo meten debajo de la cama. De cualquier manera, yo no entro desde hace tiempo a los cuartos de los hijos cuando ellos no están. No soy de esas madres registronas que lo único que consiguen es llevarse disgustos. Ya en otros tiempos encontraba piezas de convicción de sus fechorías, y me llevaban los demonios. Así que ojos que no ven, corazón que no siente. Yo le temo a mi hijo cuando se sienta a mi lado y empieza a contarme lo que él llama los delitos prescritos:
-Mamá, ¿te acuerdas de cuando pasó xxxxxx? ¿Y cuando se rompió zzzzzz? Pues fuimos mi hermano y yo. Con una piedra.
-Niño, que no quiero saber nada. No me cuentes esas cosas.
-Mamá, pero si ya no pasa nááááá. Ha prescrito. Es jurídicamente "inatacable".
-Ya te daré yo inatacable. Que te quites de mi vista o te doy con la última edición del Código Penal en los dientes. ¡Largo!
-Oúúúú, iiillooooo....... que delicada estás, madre....
Que no quiero saberlo. De verdad que no. Pero siempre me entero. Como esa vez que supe que a una vecina bastante antipática (aunque dicha circunstancia no está recogida entre las atenuantes del artículo 21) le llenaron una escopeta de agua, tamaño king size para piscinas, con dos o tres litros de cierto líquidillo de claro origen biológico, y que reunieron entre ambos, con el que le rociaron toda la colada. Sí, lo habéis adivinado. Sí, estoy de acuerdo en que es asqueroso; pero me he enterado al cabo de diez años. Indudablemente, ha prescrito. O cuando le dejé el mayor a mi cuñada para ir a hacer unas gestiones y lo primero que hizo el angelico fue tirar por el balcón, una por una, todas las herramientas que tenían para las macetas. Con la puñetera casualidad de que en ese momento pasó por allí debajo un municipal, al que el tenedor de jardinería le pasó rozando la nariz en vuelo rasante, y que llamó al portero, bastante cabreado, a mi pobre cuñada, a la que puso como hoja de perejil. Suerte de que no la acusó de atentado, por culpa in vigilando. Luego estaba la afición de ambos (más del mayor) a desparramar las comidas que no les gustaban en los lugares más insospechados. De eso también me enteré antes de que prescribiera. Vino a vernos el vecino de al lado y nos dijo:
-Mira, que me he encontrado en el tejado de mi casa dos o tres bocadillos de salchichón y los debe tirar tu niño, porque es en el lado que cae donde su ventana. Que no es que me importe un bocadillo de más o menos en el tejado, ya ves tú, pero pónselos de otra cosa, porque que sepas que no se los come.
A pesar de éstas y otras cosas similares, no nos han retirado el saludo. Tenemos unos vecinos a los lados que son de pan bendito, la verdad sea dicha.
O esa vez, en casa de mi hermana, que tiraron un batido de mango por la terraza y le pusieron el toldo de un precioso color amarillo a los vecinos de abajo. A mí personalmente me gustaba más así; pero ellos nos hicieron saber, no con excesiva amabilidad, que no compartían dicha opinión. Qué delicada es alguna gente. Y para eso, cuando se escondían  (o eso creían ellos) y le tiraban terrones de estiércol del jardín al vecino más paranoico de toda la urbanización, y a ningún otro. Qué de veces me han pegado al portero con las de Caín......
Cuando yo contaba estas cosas, había conocidos que me decían, poniendo boca de culo de pollo:
-Oighhhhhh. Esas cosas "nunca" se les han ocurrido a mis niños.
Y yo, picada en mi amor propio materno, les contestaba, con una sonrisa de oreja a oreja:
-No. Porque serían algo "tontitos". Corazón.
Qué narices. Si además las cosas que han hecho mis hijos son muy light. Tendríais que oír las atrocidades que cuenta mi suegra de sus nueve jinetes del Apocalipsis, con una calma que hiela la sangre:
-Y esa vez que estuvieron perdidos cuatro horas en el campo, y se cayeron en una zanja, con la tormenta que caía..... Y cuando les pillé a punto de pegarle fuego a su hermana, jugando a los indios... Y.....
En fin, que si una no está forrada de cuajo (y no es mi caso), se pasa la vida en un ay. Siendo pequeños y siendo mayores.
Hoy he traído una receta que hice hace muy poco, muy casera y muy rica, para quitarme los malos ratos pasados y presentes. En la medida en que ello sea posible.
Ingredientes:
-1/2 kg. de bacalao.
-Una cebolla.
-Un pimiento rojo y uno verde.
-Tres dientes de ajo.
-Una lata de tomate triturado.
-Una cucharada de azúcar.
-Una pastilla de Avecrem.
-Harina y aceite.
-Un huevo y aceite para la mayonesa.
-Dos o tres patatas grandes, según comensales y nivel de saque.
Si el bacalao es seco, se pone en agua y ésta se cambia cada 8 horas, al menos un día, en la nevera. Es más sabroso, pero más pejiguera de preparar. Yo utilicé congelado.
Se escurre muy bien el bacalao del agua, sea del remojo o de la descongelación, y se corta en trozos. Pasamos el dedo por las porciones y localizamos las franjas de espinas; yo se las recorto con las tijeras y minimizo bastante el riesgo de encontrarme alguna. Preparamos el bacalao cortándolo en trozos no muy grandes y dejándole la piel, que luego de guisado es muy fácil de retirar. Freímos los trozos pasándolos por harina, y reservamos.
Asamos las patatas en el microondas, 1 minuto por lado y patata, aproximadamente, y las dejamos enfriar. Reservamos.
Hacemos la mayonesa según acostumbremos y reservamos en la nevera.
En una cazuela con un fondo de aceite ponemos a pochar los ajos en trozos, la cebolla y los pimientos en tiras. Añadimos el tomate, el azúcar y la pastilla de caldo y ponemos a cocer unos 10-15 minutos. Añadimos el bacalao y dejamos que todo se haga junto unos 10 minutos más, procurando remover con cuidado para que no se desmenuce todo.
Montamos un recipiente refractario con el bacalao con tomate y las patatas cortadas en rodajas y dispuestas por el filo. Ponemos por encima una capa de mayonesa y metemos el conjunto al gratinador del horno, lo justo para que la mayonesa se dore y haga costra. Esto depende de cada horno, así que hay que vigilar.
Sacamos del horno y servimos, entrando a saco con una barra de pan.


Que paséis buena semana. Yo me temo lo peor: el niño se ha empeñado en que tiene que conseguir que los agapornis me tiren del pelo. Y como se le ponga a él, lo logra. Por favor, firmad la petición:
#freemistreatedmoms.  ¿Para cuándo un refugio destinado a madres psicologicamente maltratadas y cardíacamente alteradas?

miércoles, 24 de mayo de 2017

TARTA DE FRUTAS

Verdaderamente, hay días en la vida en que una, a falta de poderse volver a la cama y no asomar la nariz en todo lo que aquél dure, necesita un saco de un quintal de paciencia. Hace poco tiempo tuve una vista de esas cañeras que me gustan a mí: conflicto entre varias partes y letrados intervinientes, susceptible de acuerdo. La idea era retirar las acusaciones mutuas y dejarlo todo en la pena mínima que se despacha, que además se podía suspender. Total, que parecía que íbamos a llegar a buen puerto, pero de pronto una de las partes que se rebota y te dice aquello de "yo voy a la cárcel si ESE va también" Ay, ese pensamiento cainita tan español y tan absurdo. Y conciliábulo de abogados. Y paseos por el pasillo. Que no hay acuerdo. Que sí hay acuerdo. Que dile a ESE que me está mirando mal. Oye, que no le mires mal, me haces el favor y te me pones de cara a la pared. A todo esto, su Señoría que nos llama, y más o menos:
-A ver, señores letrados. Que si se van a apañar sus clientes entre ellos. Porque si necesitan más tiempo, yo celebro mientras el que viene después.
-La última vez que preguntamos había acuerdo, Señoría. De aquí a un minuto, no sabemos si va a haber acuerdo o si va a haber collejas como panes.
-Pues hagan el favor de dárselas ustedes a sus respectivos clientes, a ver si me los ponen en razón. Y circulen, que tengo mucho que ver todavía esta mañana. Hala. A negociar.
Total. Que nuevo cambio de opinión, porque es que era mirarse y torcérsele el rabo a uno o a otro. Y tú allí como en el patio del colegio: haaaaaala, os dais la mano y amigos otra vez. Que me tenéis un poco hasta la horquilla del moño. Cuando se terminó el juicio que nos habían colado antes, el digno representante del Ministerio Fiscal, que se estaba comiendo un paquete de Doritos, porque tenía ya una bajada de azúcar que no se tenía, nos advirtió:
-Miren que es la última vez que se lo digo. O hay acuerdo ahora o celebramos, y ustedes verán. Que aquí va a haber para todo el mundo, en lo que a mí respecta....
A la compañera encargada de convencer a los antiacuerdo la traíamos los demás frita, pobre mujer:
-Andaaaaa. Pregúntales otra vez.
-Sí, para que otra vez digan que no.  ¡No PODÉIS obligarme! Yo ni me acerco hasta que entremos.
Se mantuvo la intriga hasta el último momento: yo pensaba ya que como se volvieran atrás de nuevo, me escondería a aullar inconsolablemente bajo el estrado, aunque me costara un expediente disciplinario. Pero, gracias a Dios, al final hubo acuerdo, y aquí paz y después gloria. Porque, entre pitos y flautas, el juicio era a las diez, y salimos a las tres de la tarde, todos con el estómago vacío y como decía el fiscal, pleno de sabiduría forense:
-Las hambres y la espera, cómo apaciguan los ánimos.....
Salí arrastrando la toga, fané y descangallada, aunque muy aliviada de poderme ir a casa. Qué debilidad más grande tenía encima. Era como haber estado negociando durante horas con los secuestradores de un banco.
Por la tarde tenía yoga, y por muy reventada que esté, hasta ahora no me lo he saltado jamás. Además, pensé que así me terminaría de relajar. Craso error. Era la primera clase de la semana. Y la primera clase de la semana, la yoguiprofe nos cruje vivos. Esos días viene subida arriba y nos mata a estiramientos y torsiones. Incluso nos mete alguna colleja no muy suave en la chepa, según ella para rectificarnos la postura, como dicen que hacía el difunto B.K.S. Iyengar, el cual, además de ser un legendario maestro de yoga, al parecer tenía unas malas pulgas no menos legendarias. Yo creía que esto de enseñar yoga te imbuía de serenidad y namasté.  Pues parece que no. Concretamente, ese día me puso de ejemplo de cómo NO hay que hacer una postura, mientras me tiraba de todas las extremidades. Ya el segundo día de clase la cosa suele discurrir con más suavidad, pero el primero, te meten un entrenamiento marine  absolutamente excesivo para una abogada exhausta de mediana edad con las coyunturas ya muy trabajadas y con una dura jornada de negociación a las espaldas. Lo curioso del asunto es que por lo que sea esto funciona. Te quedas super a gusto, aunque el día de marras salí bajando a gatas las escaleras. Por algún extraño prodigio, mis vértebras estaban aparentemente en su sitio, y no me habían saltado despedidas de la columna en alguna de las torsiones, cual palomitas de maíz. Porque, sí, en las clases te notas las vértebras y los músculos de las pantorrillas y el piramidal y todas y cada una de las piltrafillas que traes de serie. Y las notas porque te duelen. No os creeríais las cosas que me hacen hacer. De hecho, ni yo misma puedo creer las que estoy empezando a ser capaz de hacer. Pero lo cierto es que, por extraño que parezca, esto engancha, te da muchísimo bienestar y cuando salgo de las clases todo me importa un pito. Lo cual no es poca cosa para una mariansias profesional como la que suscribe.
Hoy pongo una receta que llevé a una celebración reciente, bastante aparentona y muy rica. Lo de que está rica lo sé porque yo probé el relleno en casa. Porque ese día surgió un imprevisto, me tuve que ir y ni la probé..... Mejor para mi perímetro abdominal y peor para el de los demás. Porque si me comiera todo lo que preparo, la barriga abarcaría al menos dos códigos postales. Y como que no.
Ingredientes:
-Una lámina de hojaldre redonda, de las refrigeradas.
-Un huevo batido.
-Un sobre de preparado de natillas.
-500 ml. de leche.
-Un tarro de dulce de leche. ¡Halaaaaaa! Si no lo queréis poner, se añaden entonces 150 gramos de azúcar. Pero le da a la masa un punto de caramelo exquisito.
-Un sobre de cobertura para tartas Belbake. Lo venden en Lidl. A veces lo he encontrado también de Dr. Oetker, en grandes superficies, pero no siempre. Si no, se puede usar la gelatina en hojas o en polvo que sirva para 250 ml. de agua o zumo. Es importante, porque esta cobertura de gelatina hace que las frutas no se descarríen y le da mucho mejor aspecto.
-Fruta al gusto, de colores que contrasten. Aquí he puesto kiwi verde y del dorado, fresas, moras, arándanos y frambuesas.
Lo primero es encender el horno a 200º y preparar un molde de paredes bajas desmontable, a ser posible. Se pone dentro un papel de horno y encima la lámina de masa de hojaldre. La ajustamos bien, dejando un filo por encima del borde del molde, y lo pinchamos muy bien por todas partes, para que no se hinche en el horno. Luego lo untamos muy bien con el huevo batido, ayudándonos con una brocha de repostería. Esto sirve para que el hojaldre selle bien y luego quede crujiente. Lo metemos en el horno ya caliente, unos 10-15 minutos, vigilando, porque con el huevo se tuesta muy pronto.
Sacamos la tartaleta ya cocida. Si a pesar de haber pinchado el hojaldre alguna parte se ha hinchado, no sufráis y haced como yo: le endiñé un tenedorazo a la burbuja y la bajé, y como luego lo cubres con la crema, no se ve el desaguisado. Me encanta cuando haces una guarrería culinaria y no se ve: no puedo evitarlo. Reservamos. Aparte, preparamos las natillas en un cazo según indique el preparado, con la leche, añadiendo el dulce de leche. Con esto nos saldrá unas natillas bastante espesas con sabor a caramelo perfectas, aunque hay que probar para ver que esté bien de dulce. Dejamos enfriar un poco y rellenamos la tartaleta de hojaldre con ello. Ahora viene la parte artística. Vamos cortando la fruta en láminas y disponiéndola en círculos, alternando colores. Cuando ya la hemos puesto toda, preparamos según digan las instrucciones el sobre de cobertura de tartas, o bien las del sobre de gelatina, la dejamos enfriar un par de minutos y la vamos vertiendo por encima, con cuidado, para que la fruta quede brillante y bien pegada. Y a la nevera.

Mirad qué mona. No me digáis.....
Feliz semana a todos.

miércoles, 17 de mayo de 2017

DHAL DE LENTEJAS ROJAS

Mi hijo lo ha vuelto a hacer. Otra vez me ha aparecido por casa con una caja con agujeros, es decir, nuevo bicho como habitante censado de esta casa, a la que, por este y otros motivos, voy a tener que llamar zoológico a partir de ahora. De hecho, y ahora que lo pienso, siempre ha sido un zoológico; para qué me voy a engañar. Esta vez el nuevo habitante no es uno, sino dos. Dos agapornis papilleros. Los agapornis son esos loritos pequeños de colores, que son tan monos. Tienen que vivir en parejas porque si no, se deprimen. Lo de papilleros.... pues es un eufemismo para decir "pollo recién nacido más feo que Picio que tienes que alimentar con jeringa a intervalos regulares". Son todo ojos y pico: hay uno, el más grande, que tiene un parecido inquietante con Franco Battiato. Y eso. ¿Que porqué no le prohibo a mi hijo que me traiga más bichos? Pues porque soy una madre básicamente blandurria, y porque a mí también me gustan los animales; vivo rodeada de ellos. Así que no hay problema, siempre que no me recojan de la calle una tárantula del Amazonas o un dragón venenoso de Komodo. Eso sí, el día que dejó caer si traerse una iguana, me cerré en banda. Con las iguanas yo no quiero tratos. Son unos bichos particularmente feos y apestosos con los que no se puede establecer un mínimo lazo afectivo. Bueno, pues a lo que iba. La otra noche salí de mi cuarto y contemplé una escena conmovedora: el John Rambo de mi niño resoplando e intentando darle de comer a uno de los pollos con una jeringuilla.
-Nada. El otro sí ha comido, pero éste, no hay manera.
-Hijo, es que establecer la lactancia lleva su tiempo. Cámbialo de teta, y que no se te olvide que luego suelte el airecito, que si no, le dan cólicos y no te duerme.
-Ja, ja. Muy graciosa, madre. Bicho ¿quieres COMER de una vez? ¡¡¡Cagüennnn!!!... ¡Ya me ha espurreado!. Pásame ese trapo, anda, que si no lo limpio, se le pegan las plumas.
Me fui riéndome por lo bajini: la retributiva justicia divina castiga sin piedra ni palo. Porque esto me recordaba tantos días y noches intentando alimentar a mis dos mastuerzos, que eran un verdadero incordio para comer. Uno de ellos, según le ibas dando, se guardaba la papilla en la boca. Y tú, cegada por la impaciencia, le seguías endiñando cucharadas. Y él venga a guardarse la papilla, como un pelícano. Y cuando la capacidad bucal llegaba al límite ¡¡¡¡¡PFFFFFFHHHHH!!!!!, el jodío/el angelito lo escupía todo a modo de explosión del Krakatoa, y te pasabas los siguientes diez minutos limpiando el suelo, las cortinas, la pared y gran parte de tu persona, jurando en demótico antiguo. Cuando llegábamos a este punto, ya no había manera de que comiera más, y para entonces hacía ya diez minutos que tenías al otro encima:
- No quieres más ¿VERDAD? ¿VERDAD? ¡¡¡MAMA!!! ¡Papilla!
-Nene, eso es comida de bebés... ¿no quieres mejor un huevo frito, hijo?
-Noooooo.  ¡Quiero comida de BEBÉ! ¡Quiero una CUCHARA! ¡¡¡AHORA!!!
Alguna vez que me tocó darle al enano la merienda en casa de doña Pepa, ésta decía siempre:
-¿Pero esa mijilla de nada va a comer el niño? ¿No le vas a dar más?
-Mamá, que ya no quiere. Que el pediatra dice que no le obliguemos.
-El pediatra. Qué sabrá el canijo del pediatra. ¡Trae para acá, so lacia!
Y cogía a mi niño y se lo ponía bajo un brazo, utilizado como muro de contención su abundante airbag delantero. De este modo, le placaba como un jugador de rugby, dejando a la pobre criatura completamente inmovilizada y, cucharada tras cucharada, le iba empujando la papilla entera al enano, que ni se atrevía a utilizar con ella ninguna de sus (literalmente) sucias tretas. Mami debió ser en su vida anterior alimentadora de ocas de foie gras en Alsacia, como mínimo.
-¿Ves? Si no es tan difícil. Ahora se dormirá y ya está.
Y efectivamente se dormía, el  puñetero. Yo creo que no tanto por el engrudo ingerido, como por la falta de oxígeno que sufría cuando su abuela lo cogía en brazos. Para mami, un bebé era un saco que había que llenar a intervalos y a la mayor brevedad posible, y no había más historias.
-Si es que os complicáis mucho, nena. Ya lo que te falta es preguntarle qué quiere de postre. ¡Vamos!
Claro que esa misma filosofía la seguía poniendo en práctica cuando los hijos o nietos éramos mayores. Comer en su casa era una experiencia aterradora....
-¿Porqué no quieres más? ¿No te gusta?
-Sí, abuela. Pero no puedo más.
-Hay más en la cocina, si es por eso. Trae, que te pongo otro poco.
-Mamá, que no queremos más. Estaba muy bueno, pero ya no tenemos hambre.
-Claro, tú que no quieres engordar, y a lo mejor el angelito del niño, por tu culpa se está quedando con ganas. Toma, nene.
-Abuela. Que noooooo.
-Claro, y así teneís al niño, escalichao. ¡Que te tomes otro! (lo-que-sea)
Total, que no nos dejaba ir hasta que salíamos por la puerta como boas que se hubieran tragado la bombona de butano. El amor materno se manifestaba, con demasiada frecuencia, en rellenarte como a un pavo. Es algo que debo recordarme a mí misma de vez en cuando, para no pecar de lo mismo. Porque hay que ver, estos niños, que comen cuatro comistrajos.....
Para contrarrestar, pongo una receta que he probado hace poco, que está muy rica y que es hasta saludable. Las recetas consultadas ponen mucha más especias y más picante, pero yo, con lo años, me estoy volviendo moderada y todo. Quién lo iba a decir.
Ingredientes:
- 500 gramos de lentejas coral, de esas de color naranja. Yo las he comprado así, pero se puede hacer con lentejas normales. Las coral se cuecen en seguida. De hecho, se deshacen.
-Una cebolla.
-Tres dientes de ajo.
-Un manojo de espinacas frescas, u otra verdura al gusto.
-Una zanahoria.
-Dos o tres tomates frescos, o una lata pequeña de tomate triturado.
-Una cucharadita de azúcar, para contrarrestar la acidez del tomate
-Una cucharada de curry.
-Media cucharadita de comino.
-Una guindilla (opcional)
-Un cubito de caldo.
-Sal y aceite.
-Quinoa o arroz cocido, de acompañamiento.
Se ponen las lentejas en una cacerola con agua que las cubra, y se pone al fuego. Cuando rompa a hervir, se aparta, se cuelan las lentejas y se reservan. En la misma cacerola se sofríen en un fondo de aceite la cebolla y el ajo. Luego se añade la zanahoria en trozos pequeños y el tomate. Se desmenuza
el cubito y se añade, junto con el azúcar. Cuando haya empezado a cocer, se añaden las lentejas, las espinacas y las especias, y se cubre todo con agua. Se pone a cocer, a mí me tardó menos de una hora. Se sirve con la quinoa o el arroz.


En fin, ya os contaré si los bichos prosperan y consiguen sobrevivir a los jeringazos de cemento armado que al parecer deben constituir la base de su alimentación.
Feliz semana a todos.